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martes, 23 de octubre de 2012

EXPERIENCIA INTERESANTE



Cumpliendo promesa me tienes y como regalo por lo bien que ha salido la prueba, aquí está la nueva vieja cartita.
Hoy toca recordar el último viaje que realizaste a tu México lindo y querido. Carta tan interesante como la experiencia que en ella relatas.

Besazos enormes guapo.

EXPERIENCIA INTERESANTE

                                      Valladolid, 27 de Agosto de 2001

         Queridos hijos: Los viajes desarrollan el espíritu de manera asombrosa, y a ves son motivo de emociones que dejan profundas huellas.

Pongo por caso mi último viaje a México que de visita en Celaya, una mañana, como es mi costumbre, madrugué, y mientras los anfitriones estaban a lo suyo, Fernando en el trabajo y Lety en sus cosas, me dije, no tengo nada que hacer, ¿dónde puedo ir? 

Me pareció buena idea acercarme a Guanajuato a visitar al amigo Bascós, un corto viaje, no más de una hora. En la taquilla a la hora de adquirir el billete no me cuide más que elegir el transporte que primero emprendía  viaje. Resultó ser un autobús arcaico que se caía de viejo. Al abordarle no superaba la media docena los pasajeros que ocupaban los asientos que no eran otra cosa que listones de madera que corrían a todo lo largo de los laterales del coche. Pero he aquí de improviso llegó en tropel un nutrido grupo de inditos que abarrotaron el vehículo tumultuosamente, cargando con niños, cestos con gallinas, un cerdo amarrado por una pata, varios chivos y bultos de todo tipo. Eran indígenas de ambos sexos; ellas con los pies desnudos, rebozo, vistiendo pobres trapos de colores indefinidos, ellos con guaraches, sarapes y sombreros de paja. Todos, sin excepción, hombres bajitos, con rostros oscuros, lampiños e impenetrables, como caracoles en su dura concha. 

De su natural son tímidos, taciturnos, desconfiados, en sus ojos opacos como una tristeza honda, pero, sorprendentemente, en esta ocasión ofrecían un aspecto singular, se mostraban diferentes, bajo clara sobre dosis de pulque, achispados, algo celebraban eufóricos, las lenguas se les habían alargado y desatado, resultando dicharacheros y parlanchines desbordados que en sus vivas conversaciones en voz alta y en sus idioma intercambiaban bromas y chanzas, lo supongo por los golpes de risa.
         
     Vaaámosmos -gritó el conductor.
Sin más arrancó con una brusca sacudida que hizo que todo el pasaje, la mayoría de pie, bamboleemos peligrosamente, a punto estuvimos de rodar por el suelo. 

El autobús no es que corriese, avanzaba lento y pesado, jadeante como perro sofocado, se trataba del vehículo de transporte más desvencijado, cochambroso, renqueante, ruidoso, incómodo y pestilente; en el denso ambiente flotaba un olor indefinido, mezcla de tufo humano, animal, gasolina y aceite mal quemado. Pensé que el pobre autobús abochornado por su lamentable estado evitaba circular por la carretera general y se movía por una pista a tramos sin asfaltar, y en razón de ello se veía envuelto en una nube de polvo atosigante que se colaba por la nariz y garganta haciendo toser.
         No era mucho aún el trayecto recorrido cuando hubo que detenerse obligado por el reventón de una rueda.
Jálenle p'abajo, párense tantito no más ahí mero, orita nos vamos -ordenó el chofirete.
Y a tierra todos en bola, personas y animales a esperar al borde de la carretera, pero el sol inclemente nos caía encima  a pedazos y nos refugiamos bajo unos mezquites, árbol que sirve para muy poca cosa, pero que nos brindó su acogedora sombra durante el largo rato que se necesito para reparar la avería.
         De nuevo a bordo a empollones, ayudándose y estorbándose, con igual desorden que anteriormente. De nuevo apretones apretados como sardinas en lata a sudar y asfixiarse por el bochorno irresistible. 

Yo que había cedido desde el principio mi asiento a una indita cargada con dos niños idénticos, uno en la espalda y otro en el regazo, aguantaba a pies juntillas los embates y vaivenes del pasaje en paradas, acelerones, baches y curvas.
         Rodeado por la masa de aborígenes que me aplastaban en las avalanchas, rodeado por un mar de sombreros y oyendo hablar en una lengua de monosílabos me sentía intruso en territorio otomí. 

Por supuesto había visto oleadas de indígenas, pero nunca tan próximos ni en tales circunstancias. Observados de tan cerca comprobé lo que ya sabía, lo menesteroso de su existencia, y me pareció que merecería la pena prestarles mayor atención, que debiéramos considerarnos obligados a derramar sobre ellos un poco de amor al prójimo.
         Aún hubo que echar pie a tierra otra vez, en esta ocasión únicamente los hombres para realizar a pie la ascensión de una empinada cuesta. 

Jadeantes y resoplando ganamos la altura. De nuevo en marcha, otra vez a los apretones y ahogos. Con una costra de barro en la cara formada por las gotas de sudor y el polvo flotante, un poco de conformidad, otro poco de regocijo y suerte logramos llegar a nuestro destino.
Fin de trayecto- anunció en chofer.
         Un viaje de apenas una hora se prolongo indefinidamente, pero resultó una experiencia interesante, diferente y nada aburrida.

                                               Besos y abrazos.

viernes, 5 de octubre de 2012

CASUALIDADES DE LA VIDA



Con tu permiso querido tío Paulino voy a publicar esta “casualidad de la vida”. Creo que es una buena forma de completar la historia que nos contaba el Yayo.
Tú dices "que en Paz descanse". Yo digo "Que Dios le de tanta Paz como descanso dejó" y que "Le tenga donde mereciera".

Un fuerte abrazo a mis Alonso Lobato preferidos.

Marisa Pérez Muñoz

CASUALIDADES DE LA VIDA
Hola mí querido hermano FILIX:
Eres tremendo para recordar cosas, pero te voy aclarar un detalle que no es del todo exacto, el tal niño no lo era tanto. Te contaré lo que me sucedió con tal tipo: no se por qué nos tenían a los  Padres -o al menos a mí- mala voluntad y como de él era la tienda que estaba abajo de nuestra casa, a querer o no querer nos veíamos constantemente, el tal niño era un adolescente de unos 12 años que trabajaba con él en la   tienda y “el gordo” siempre le estaba hablando mal de nosotros así que el chamaquito a mì cada rato me insultaba y jamás me bajaba de gachupin; pero con toda la mala idea de insultar (comprendo que repetía lo que oía a su  patrón).
Un día que pasaba yo repitió su insulto, me dio rabia, entré a la tienda a pegarle y él se metió corriendo al fondo; encontré un palito y como no podía meterme dentro del mostrador se lo tiré, con tan mala suerte que con la punta del palo le di debajo del ojo y se le puso morado.
Nada me dijeron, pero al día siguiente al ir a subirme a la "pulguita" ¿recuerdas aquel carrito primero que tuvimos? Pues me di cuenta que tenía delante de cada llanta un clavo de 4 pulgadas (10 cent.) les cogí y se les enseñé, pero me dio una insultada padre: " gachupín que usted váyase a España que lo único que hace aquí es comernos el pan a los mexicanos… lo único que le contesté fue: "sí, trabajaré aquí y me iré a comer a España".
 Desde ese momento, con su pistolón y amenazándome, no había vez que me viera que no me insultara para que yo le contestara algo que le diera motivo de darme un tiro, al grado que yo salía de casa antes de que él abriera su tienda y cuando venía dejaba lejos el carrito y entraba con gran cuidado que no me viera.
Ya estaba yo muy preocupado con él cuando llegó el domingo y se oía el susurro, que el gordo en los indios verdes en la fiesta de los charros se peleó y otro se adelantó y le mató.
Pasada la primera impresión, me dio una paz y tranquilidad tremenda se me acabó el peligro para siempre, no volví a ver al chamaco y la tienda desapareció. Lo que no tenía ni idea -o se me había olvidado- que tú habías presenciado lo sucedido con aquel mentado gordo geniudo. Pobrecito Q.E.P.D.

Bueno sigue escribiendo cosas del siglo antepasado, yo las disfruto.

Tu hermano Pollino.

lunes, 27 de febrero de 2012

LOS AMIGOS SON BUENOS PARA LA SALUD

Siento haber tardado tanto en publicar ésta tu última e interesante carta. He estado muy atareada los últimos días, aunque ya parece que me voy desocupando un poco.

Feliz semana para todos, queridos lectores.

Marisa Pérez Muñoz

LOS AMIGOS SON BUENOS PARA LA SALUD 23-02-2012 09:01

Queridos seres queridos:

La amistad es una de mayores riquezas del hombre y gozo de la alegría de contar con excelentes amigos, es el caso del matrimonio Gus y Cely que tan orgullosos de nuestra amistad como nosotros de la de ellos hemos compartido muchos y grandes ratos de los que dan motivo de risa y contento, dos tranquilizantes sin efecto secundario, beneficiosos como los rayos del sol, lo que deja en clara evidencia que los amigos son buenos para la salud. 
Nos unía estrecha amistad pese a que nuestras afinidades no eran idénticas, teníamos gustos que no compartíamos, lo que considero correcto, si todos fuésemos iguales el mundo sería muy aburrido; creo que de ahí nuestra amistad. También, por supuesto, por ser personas rematadamente buenas, con el sentido de la estimación muy desarrollado, siempre en disposición de echar una mano sin tener que pedirlo, en razón de ello el ambiente en su compañía era de todos contentos, todos amigos ¡Viva la alegría!
Cuates realmente especiales, mexicanos de pura cepa, sangre liviana, cuatitos a todo dar, muy reatas, muy jaladores, muy entrones, muy de fiar, de lo mejorcito, y muy fiesteros, con capacidad para divertirse y divertir, se tomaban la vida como una fiesta en la que la emoción y el buen humor eran el motor que impulsaba a vivir en plenitud. No necesitaban grandes motivos para organizar un rico vacilón con harto relajo, porque su filosofía festivalera era abrir de par en par la puerta de su casa para que entrasen cuantos amigos lo deseasen, con el detalle añadido de que un invitado invitaba a cien, a quienes no les faltaban antojitos gastronómicos   ni escaseaban el tequila ni el mezcal.
Porqué mentir ni esconder la verdad, el alcohol era un elemento insustituible, sin él no había fiesta. Por supuesto, no para beber como cosacos, poniéndose como uvas, lo habitual y correcto era consumirlo con moderación, pero en ocasiones especiales, por ejemplo, jugueteando con eso de  que “bebe que la vida es breve y arriba, abajo, al centro y para dentro” y el bebestible se distribuía más generosamente caldeándose el ambiente del jorgorioso borlote y, consecuentemente, no faltaban quienes se achispasen y con un traguito más entre pecho y espalda se desata la euforia, el ánimo se llena de regocijo con la sensación de encontrarse estupendo, con más confianza en sí mismo, más abierto, relajado, se desata la lengua, se siente más simpático, más amistoso, más dicharachero…Pero la realidad es muy otra, va por otros derroteros, son satisfacciones engañosas,  es falsa la euforia,  falsa la confianza en sí mismo, falsa la sobre valoración de las facultades, los reflejos disminuyen…
En mi caso, vamos a ver, no soy absténio, pero en la medida de lo posible de él emprendía graciosa huída, por no ignorar que cualquier exceso, resaca segura y no son agradables los  efectos del día siguiente: dolor de cabeza, sed ardiente, ardores estomacales…Por moderarme y tomar en pequeñas dosis, bromeando se quedaban conmigo echándome en cara  que el alcohol, olerlo, no beberlo. No obstante, en ocasiones, por no parecer que me rajaba le entraba a lo tupido y las pequeñas dosis no lo eran tanto, de ahí conocer las ingratas consecuencias de la resaca, “cruda” dicen allá.
Pues bien, en medio de uno de estos borlotes padres tuvo lugar una anécdota, lo llamaré así, que nos dejó a todos  el corazón con carne de gallina. Cely que no le había hecho ascos a unos tequilitas con sal y limón y algún que otro mezcalito, como el alcohol desinhibe, libera de la sensación de culpabilidad, o sea, insuflado el valor para actuar alocadamente, charloteando como papagayo picotero, entre broma y vera al mismo tiempo, por un mal entendido y en presencia de todos propinó sonara bofetada al esposo. Mejor no lo hubiera hecho, humillado, mohíno y cabizbajo, le seguí la pista, vi que entraba en el cuarto de baño. Ante la tardaza en abandonarlo llamé a la puerta sin respuesta. Ante el silencio repetí la llamada ruidosamente con idéntico resultado. Temiendo lo peor, de una patada abrimos, estaba tirado en el suelo bañado en sangre. Se había cortado las venas. Próximo vivía un médico amigo, corrí en su busca, presuroso acudió en su ayuda. Por suerte los cortes no eran profundos y el incidente no supuso problema mayor, pero el susto fue morrocotudo.
Hablando estrictamente, a estos amigos les cayó el chahuistle, la negra, la mala suerte entró en su casa el desafortunado día que fueron agraciados con un pellizco de la Lotería Nacional, no mucho, bastante y suficiente para adquirir un poderoso automóvil causante de dos  trágicos accidentes de tráfico. En primero falleció la hermana menor de Cely, en el segundo la propia Cely.
Separados por la larga distancia de nuestros lugares de residencia, él en México, yo en España, perdimos contacto, pero no me han faltado noticias, por referencias sé que a raíz del duro golpe la estrella de Gus  empezó a declinar, herido volaba bajo, y sospecho, quizá me engañe, que en alguna medida se aficionó al beborroteo que minó su salud con la triste consecuencia de que ambos figuran en la larga lista de amigos que tengo ya en el más allá. Maravilloso será que al morir hayan empezado a vivir dichosos en otra dimensión.

                    Abrazos y besos 

lunes, 28 de noviembre de 2011

GACHUPÍN


Querido Yayo Félix: recibida y leída otra hermosa carta de privilegiada memoria tan cercana al nonagenario cumple, que ya casi podemos oler la cera de las noventa velas que soplarás.
Gracias por remitirnos a tu querido hijo primogénito, aunque –sin menospreciar la inteligencia y sabiduría del hermano mayor de mi querida Pilita- he de decirte, que las vivencias que narras, difícilmente podría expresarlas mejor un notable historiador –que lo es- porque a él le llegaron narradas en mesa camilla y siempre pudo faltar algún detallito que escondido en tu memoria sólo aflora cuando escribes en soledad, sin el bullicio de una conversación que te puede hacer romper el hilo de la vivencia  que describes tan como si acabaran de transcurrir sólo unos momentos y no la pila de años que hace que ocurrió lo que nos relatas hoy.
Besos y abrazos… a la espera de la carta que –estoy segura- no tardará en llegar felicitando a mi cuatita.

Marisa Pérez Muñoz

GACHUPÍN  28 de noviembre de 2011 08:58 

Queridos seres queridos:

Como sabéis gachupín es la denominación con la que se conoce a los españoles establecidos en México; pero dicho vocablo ha tenido diversos significados según el momento y circunstancias históricas. Originalmente gachupín era un hombre sobre un caballo. Ignorando los indígenas la existencia del caballo, al ver a los españoles cabalgando creyeron que se trataba de seres de una raza fabulosa en que hombre y caballo eran la misma cosa, un poderoso centauro mitológico. Aún se maravillaron más al comprobar que hombre y caballo podían montar y desmontar a voluntad.

En los días de la lucha por la independencia, lo español resultaba tremendamente ofensivo y peligroso, “mueran los gachupines” fue el grito de guerra y los ataques agudos de odio antiespañol ocasionaron muchas muertes y destierros, Los motivos que dieron lugar al estallido independentista no faltaron precisamente: la decadencia de España invadida por Napoleón; un gobierno débil e injusto; el ejemplo de otros países, particularmente el vecino del norte.

Con mayor relevancia aún los conflictos de intereses, la tensión social, el resentimiento entre los arrogantes españoles nacidos en la península dueños del poder y privilegios; y los criollos, hijos de españoles nacidos en México, parte importante en la sociedad, cultos y adinerados pero a quienes al negárseles  la posibilidad de tomar parte en el gobierno se sentían relegados, tratados como inferiores y empezaron a soñar con una patria libre donde reinase la igualdad ante la ley de todos los mexicanos.
A todo esto hay que sumar los muchos pobres, la precaria situación de indígenas, mestizos y mulatos, su dura vida motivada por los pocos ricos, poderosos españoles dueños de todo, minas y haciendas que con su desmedido afán de riqueza no reparaban en medios para lograrla y déspotas y opresores trataban brutalmente a mineros y peones, explotándolos como a esclavos, motivo justificado para que brotase el odio y deseo de venganza al gachupín.

Han pasado los años y los tiempos que corren son enteramente diferentes, los ánimos se han vaciado de agresividad y los sentimientos son favorables a España, entre mexicanos y españoles existen excelentes relaciones. En la colonia española actual hay españoles, no gachupines y reza el dicho, “de español a gachupín hay un abismo sin fin”. El antiespañolismo prácticamente está enterrado, bueno, casi, porque siempre quedará alguna actitud xenófoba, pero gachupín usado en sentido irónico y despectivo se va evaporando. De hecho, a mí directamente a la cara nunca nadie me ha señalado con el vituperio, es decir, en alguna ocasión, al principio anónimamente con notas pasadas por debajo de la puerta, pero hoy que gozo de la riqueza de las dos nacionalidades lo tomo a broma, como palabra simpática y divertida y a los amigos mexicanos les digo que soy gachupín.

El cambio favorable hacia lo español, la armonía que reina entre mexicanos y españoles en gran medida es labor de los exiliados republicanos de la guerra civil que México con corazón generoso y espíritu hospitalario abrió las puertas de par en par, a aquellos a quienes la victoria de Franco obligó a abandonar España por justificado motivo de perder la vida, o ser encarcelados.

Lo que México les ofreció no tiene límite, pero, ciertamente, ellos correspondieron adecuadamente. Fueron miles los refugiados de élite, emigración inteligente: científicos, escritores, educadores, industriales, poetas, artistas, periodistas, profesionales experimentados en todo tipo de especialidades: mecánicos, electricistas, decoradores, tapiceros, impresores… que con su saber y actitud laboriosa desarrollando exitosamente sus diversas profesiones causaron notable impacto social, económico y cultural, contribuyendo a hacer a México más grande.

Y qué decir de los médicos, que fueron muchos, dicen que 300. No es necesaria mucha imaginación para comprender lo que significó para un país que lo necesitaba, la llegada de un número tan importante de médicos experimentados en todas las especialidades. Sin duda ayudaron al florecimiento de la sanidad del país. 

En nuestro ámbito familiar debemos gratitud eterna a uno de ellos, el doctor Barnés, gran ginecólogo que con exquisito trato y máxima atención ayudó a todos vosotros a venir al mundo. Y en verdad hubo alumbramientos difíciles: el del primogénito que por problemas de dilatación, lógicos de  primeriza, y  evitando a toda costa la cesárea,  se alargo toda una semana y cuando al fin aterrizó en el planeta azul tras luchar denodadamente durante tanto tiempo por salir por donde cabía, la cabeza se le deformó alarmantemente. El susto fue enorme, pero, afortunadamente y con gran alivio, el problema se solucionó solo y rápidamente.

También resultó de gran preocupación el nacimiento prematuro de la benjamina sietemesina, embarazo y parto complicado y doloroso. Cuando se rompió la bolsa de aguas y salimos pitando para el Sanatorio Español -gran centro médico- recuerdo que el doctor Barnés asistía a una fiesta en Cuernavaca, banquete de boda, y en mitad del festín tuvo que abandonar todo para asistir a un parto que presentaba riesgos, en verdad,  la criatura pasó por difíciles momento y nació medio asfixiada. Cuando vi en la incubadora aquel  minúsculo cuerpecito arrugado con apenas un hilito de vida, el alma se me cayó a los pies. Venturosamente con constante observación y los cuidados especiales que requería el caso, creció y se desarrolló tan normalmente como una rosa.
Además de estos apurones, recuerdo también que ese día tenía examen de francés y en la clase -por edad el mayor con diferencia-  esperaba con ilusión el sobresaliente, pero preocupado y somnoliento, pues no había pegado ojo, no pasé de aprobado raspado. Aún me duele.

La puritita verdad, México es un país privilegiado para los españoles residentes, no nos discriminan, te consideran, incluso diría que  resulta ventajoso ser español, por lo que de México puedo decir, y digo, muchas cosas, todas buenas, la catarata de elogios no tiene fin, la más evidente demostración es que llegué en viaje turístico de tres meses y me quedé veinte años que viví encantado, muy satisfecho, pues me acompañó la salud, la suerte y no me faltaron, ni me faltan, fraternales amistades.

Hasta aquí llega mi memoria y mis conocimientos, si deseáis ampliarlos ahí está vuestro hermano que historiador informado os dará detalles a raudales.

                                   Besos y abrazos

                                          Félix

lunes, 7 de noviembre de 2011

A LA VIDA SIN BROMAS LE FALTA CHISPA

Querido yayo Félix: No sabes qué alegría me da recibir tus cartas publicables, sobre todo si son de estas donde cuentas las andanzas de tu azarada y apasionante vida de mexicanito; y si además lo haces utilizando la jerga de tu segunda patria, me haces pasar un rato súper agradable.
Como curiosidad te diré que quizás no lo sepas pero esta es la entrada numero 100 del corriente 2011, del que llevamos vividos 311 días.

La media viene siendo una entrada cada 3,11 días.

Pronto se cumplirá el primer año de tus andanzas por el ciberespacio y ya tienes veinticinco mil visitas, una media de 70 diarias, contando con que lógicamente al principio tenías muy poquitas y ahora no bajan de cien cada día.
Todo un exitazo que no se hubiera dado sin tus preciosas cartas, que tanto me gusta recibir, editar, ambientar con fotos y publicar.

Te mando un montón de besos y achuchones varios.

Marisa Pérez Muñoz


A LA VIDA SIN BROMAS LE FALTA CHISPA    6-11-2011 19:35

Queridos seres queridos:

Naturalmente, en la época de mi vida que permanecí trabajando en la empresa de transportes conté con otros muchos amigos, a destacar por sus peculiaridades, el tenedor de libros, un personaje que no sé como calificar porque no estaba de todo cuerdo ni tampoco del todo majareta; en estado normal era responsable, simpático, eufórico y dicharachero, pero cuando se desenganchaba de la realidad y el mar se le antojaba chiquito para hacer un buche, no es que actuase bajo el efecto del alcohol, ni tampoco que fuese cosa de todos los días, pero cuando menos lo esperabas era capaz de cometer tan sublimes pendejadas que te rompían todos los esquemas.

      Cuauhtémoc era su nombre, el mismo del último emperador azteca, el que defendió heroicamente la ciudad de Tenochtitán, pero vencido y hecho prisionero por Cortés, dicen que le quemó las plantas de los pies para arrancarle el lugar secreto donde escondía el tesoro real.

      Bien, el camarada contable era chapaneco de nacimiento, un hijo más de una familia excepcionalmente numerosa, 33 hijos tenía su padre con diversas mujeres, según su versión, pese a la diversidad de temperamento, existía entre ellos estrechos lazos de fraternidad y convivían armoniosamente.

      Estaba en el ajo, él mismo me había desvelado el secreto de ocultarse en la inmensa ciudad de México, refugio seguro, huyendo de su tierra por un serio problema. A la vida sin bromas le falta chispa, pero el chapaneco a cualquier cosa llamaba broma, y hay bromas tan serias que no se puede jugar con ellas y la que gastó a un amigo, más que broma fue un susto de muerte: pretendiendo ser gracioso e impresionar con su audacia dando una exhibición de hábil tirador clavando en tierra, entre las piernas entreabiertas una bala, pero le falló refeo el tiro y el plomazo se incrusto en una rodilla, dejándolo cojo a perpetuidad. Los familiares del perjudicado juraron y perjuraron hacer lo mismo con él, de ahí la espantada, la graciosa huida.

Vamos a ver, dado que yo era el jefe de oficina quien le  pasaba la documentación que él contabilizaba, obligado era el trato estrecho y continuo, pero decir que era amigo sería exagerado, pues sobradamente sabía que cuando le patinaban las neuronas era  amigo de las bromas pesadas, pues aún así me confié y también fui objeto de una de sus lunáticas chifladuras. Viajábamos en su coche plácida y despreocupadamente cuando de sopetón, inauditamente me grito:   Cuate, pela los ojos y mira hacia allá ¿ves al pie de la carretera aquel matorral? Pues ponte chango, que ¡allá vamos!
-         Trastornado, le grité, ¿Qué haces? ¿Qué vas hacer? ¿A qué juegas?
No me oyó ni nada lo detuvo y al grito de ¡Viva Zapata!  Nos zambullimos en la tupida maleza. Un enmarañado zarzal amortiguó el golpe y salvo el susto y los arañazos en la pintura del coche nada grave ocurrió, pero expuestos estuvimos a darnos en la meritita torre, todo, según él, por darse el gusto de saber que se sentía. Como ya  entonces mi lenguaje  era semejante al suyo, le insulté:
-         Pendejo descerebrado, si estás cansado de vivir, ahórcate si ese es tu gusto, pero ¿Y luego yo?

Cacareando de risa se limitó a acusarme de rajón y cobardica y fanfarroneando salió con que no hay que tenerle miedo a nada y reírse de la muerte, porque al fin la vida no vale nada.
Pinche achichinque, no valdrá para ti, para mí lo es todo.

      Voy a que no me vais a creer que después de la alucinada barrabasada, de la chulesca exhibición, cometí la insigne candidez de volver a ser víctima de otro irracional bromazo. Igual, exactamente igual que en la anterior ocasión viajábamos en su coche por el centro de la ciudad muy quitados de la pena cuando intempestiva, inconcebiblemente, acelerón, volantazo; el coche saltó como tepezcuintle sobre  la mediana y quedamos invadiendo el carril del contrasentido circulando en sentido contrario, no únicamente con mis pelos de punta, también los de los conductores que venían de frente. Milagrosamente salimos vivitos y coleando, escapando por la primera salida.
-         Descerebrado kamikaze -le insulté- ¿Qué víbora te ha picado? Te lo digo de la manera más directa, te has pasado y ¿Volver yo a subirme a tu coche? ¡Jamasmente! Renuncio a ello para el más parasiempre de los parasiempres.

Por supuesto lo cumplí a rajatabla.

      Al separarme de la empresa, independizándome, perdimos el contacto, pero años después, bastantes, nos encontramos en un puesto de refrescos de la carretera camino de Cuernavaca, la ciudad de la eterna primavera, conducía una carcacha destartalada, un coche viejo golpeado, abollado, oxidado, tan maltratado que las puertas de un lateral sin cristales se cerraban amarradas con cuerdas.
      Increíble parecía que vehículo en tal estado se le permitiese circular por la vía pública, pero como en México querido y rechulo todo vale, ahí iba con el interior lleno hasta el techo de chamacos, críos alborotados.

      Así era, sin remedio, el pájaro loco de Cuauhtémoc; la cabeza una olla de grillos siempre jactándose de su audacia y presumiendo de su buena suerte.

                                Besos y abrazos,

Félix