Quiero imaginarte disfrutando al
máximo de esa paz y tranquilidad que describes al final de esta carta: un día
magnífico, escribiendo desde el parque, “Campo Grande de Melilla”, bajo un sol
alegre, un cielo azul, con brisa marinera suave y acariciadora, rodeado de
palomas, gorriones, mariposas y flores. Poniendo en tus ojos un poco de alegría
e ilusión, esos pájaros, mariposas y
flores que describes como criaturas maravillosas concebidas y creadas como
joyas…
Te quiero. Dulces sueños.
Melilla 22
de Abril de 2004
Inefable y adorada amiga Marisa:
Estoy emocionado, me siento como
tocado por la varita mágica de la suerte por el alto concepto que de mi
persona tiene formado una mujer singularmente buena, guapa, lista, alegre,
graciosa y rica (en amor, ilusiones y entusiasmo); gritoncita (como las
golondrinas en verano que volando en torno a la torre de la iglesia de mi
pueblo gritan locas de alegría) Pues muy agradecido, muy agradecido, muy
agradecido por ser considerado con tal excepcional amabilidad, pero fíjate,
Marisa, lo bonito que sería que el Félix que ves en mí fuese real, no una ilusión, pues tengo
la leve sospecha de que tu Félix y el auténtico se parecen como los ojos a las
orejas. Lo digo porque los que bien me conocen me pintan más malo que Picio, y
Picio era malísimo. En fin, Pues eso, que mejor dejar las cosas como están,
porque también es cierto que haberlo hailos quienes me juzgan un abuelote
alegre, pacífico y de corazón fácil. ¿Qué Félix soy en realidad?
Me
place y me complace que la lectura de las cartas haya sido el hilo, el sutil
impulso que puso en marcha el dispositivo que activa la memoria llevándote a
rememorar acontecimientos y anécdotas emocionantes de infancia y juventud. De
algún modo ha sido como dar vuelta a la rueda del tiempo, que girando en
sentido de retroceso te ha vuelto a la época de la gozosa fiesta de la siega y
la trilla.
Otro efecto producido ha sido desatar tu confidente piquito de oro y
cuentas mil cosas, entre ellas la odisea de los euros ganados peseta a peseta
con sudor y dolor, durmiendo, a veces, no poco, sino nada en absoluto, pero
vacunada contra el desaliento has sufrido para al fin chorreando
satisfacción por el deber cumplido, ser
feliz. Comprendo perfectamente que estés llena de merecido orgullo y de alegría
por dar a los tuyos lo mejor de ti misma, cuidándote de todo para que los demás
no se cuiden de nada. Estas y otras muchas razones justifican con creces tu
meritorio paso por el mundo.
Por
cómo te explicas resulta evidente que estás enamorada de Alaejos “¡Bendita
tierra!” y de su gente “gritona de verdad”, griterío que a ti te suena a música
celestial y a mí que, efectivamente, soy de oreja sensible, a poco menos que
terrorismo del ruido. Lo voy a decir alto y claro: tu modo, y el de mis hijas,
de hablar a voces que tiritan los cristales de las ventanas es contaminación
sonora. No os percatáis de que el ruido es un sonido molesto que daña el oído.
España, después de Japón, es el país más
ruidoso del mundo. Resumiendo: vuestras entrañables voces lo serán aún mucho
más si frenáis un poco al hablar,
bajando el tono de voz de modo y manera
que suenen tan suave y agradable que
produzcan placer.

En
tocante al complejo tema religioso no te sientas “una pobre incrédula
desilusionada”, porque eso nos pasa a todos, a mí el primero, pero mira, verás:
vamos a ponernos en una situación límite: que Dios no exista. Pues hay que inventar
uno, porque sin Él que lo justifique y de sentido a las cosa el Universo es una
insensatez inaudita. Por poner un ejemplo, ese titipulchal inconcebible de astros, ¿Cómo? ¿Por qué?
¿Para qué? Y qué decir de la consabida y peliaguda preguntita ¿De dónde
venimos, qué hacemos aquí y dónde vamos? Tengo muchos años acumulados y eso
supone perder, pierdes ideales e ilusiones, pierdes pelo y dientes, pierdes
memoria, por lo que se dice, con razón, que las recordaderas de viejos son como
un calcetín agujereado, pierdes juventud y vida, o sea, que todo se pierde,
sólo en una cosa se gana: en experiencia. Es por ello que si algo sé, es por
viejo más que por ninguna otra razón, y creo saber que creer en algo
sobrenatural enseña a sentir y a querer al prójimo, el prójimo somos todos, y
ayuda a vivir.
Es más, pienso, cada vez con mayor intensidad que donde hay fe, verdadera fe, que es creer
lo que no se ve, lo que no tiene sentido, lo que no tiene explicación, hay
amor; donde hay amor, hay paz, y donde hay paz no falta nada, porque está Dios.
El Dios-Dios auténtico, no católico, ni protestante, ni judío, ni mahometano,
ni budista…, Dios a secas, limpio de fanatismos. Es la razón por la que yo hago
ojos ciegos y oídos sordos a todo lo que suena a negativo. Mi consejo, queridísima Marisa, que en esto soy optimista, me sigas
queriendo, además, por supuesto, de marcarte una meta: ser feliz y generar
alegría en tu entorno, lo demás es lo de menos.
Ardo
en deseos de releer tu “Marcapáginas” después de que hicieras desaparecer
algunos diálogos para hacerla más fluida. También ansío leer la segunda novela
de la que me hablas, pero no des excesivo valor
a mi “acertada crítica” porque para mi memoria hecha fosforina el libro ideal sería en el
que apareciera un solo personaje para que los lectores no tuvieran que ir
recordando nombres de memoria.
Siguiendo
tu consejo de disfrutar al máximo de paz y tranquilidad, hoy, un día magnífico,
te escribo desde el parque, pequeño Campo Grande de Melilla, bajo un sol
alegre, un cielo azul, con brisa marinera suave y acariciadora, rodeado de
palomas, gorriones, mariposas y flores. Poniendo en los ojos un poco de alegría
e ilusión, pájaros, mariposas y flores
son criaturas maravillosas concebidas y creadas como joyas.
Madre
de mi nieta Laura, por consiguiente “algo hija mía”, como todo buen padre deseo
que tanto tú como tu santo marido y tus floridas hijas os sintáis divinamente,
porque todo os funcione de maravilla, esto es, que os vaya tan bonito que se
hagan realidad vuestros sueños más felices.
Mil
besos y abrazos