Historias de toda una vida

Cartas que agrada recibir

miércoles, 16 de febrero de 2011

EMIGRACIÓN A MÉXICO

Comienza aquí un nuevo capitulo en la historia de nuestro Yayo, no menos dura y emocionante que lo vivido hasta entonces.

Saludos y abrazos para todos vosotros.

Marisa Pérez

EMIGRACIÓN A MÉXICO
                                                                  
Valladolid, 6 de febrero de 2009

Queridos hijos nietos y demás seres queridos:
Hoy toca recordar la humilde historia, el relato de escaso interés, pero eso sí, largo, muy largo, 35 días, de mi primer viaje a América.

En el año 1952, bajo la dictadura franquista, en España se vivía mal, eran años de vacas flacas, todo escaseaba, era el imperio del estraperlo; el pan, el aceite, el azúcar,…estaban racionados, y eso no era todo, peor aún, reinaba la sinrazón, el retraso, el burrísimo,  la estrechez de miras, la libertad y las expectativas hacia el futuro; en razón de ello estaba sobradamente justificada mi firme determinación de emprender graciosa huída hacia otra parte en busca de suerte y una vida mejor.

México resultaba un país ilusionante para emigrar, por su agradable y simpático modo de hablar, por su música y folclore, porque, en fin, en España a México y a los mexicanos se les aprecia singularmente, y precisamente en ese país residía mi hermano, un curita de lo bueno lo mejor, con un corazón como un piano, lleno de amor y generosidad, a quien debo todos los favores del mundo, uno de ellos haber tramitado todo el papeleo que hizo posible mi marcha.

No recuerdo fechas exactas, pero en octubre del mencionado año 52 -cuatro meses después de mi boda- se hicieron realidad mis ilusiones viajeras.
La Compañía Trasatlántica Española contaba con tres barcos con mucha historia, con los que establecía comunicación con tierras americanas. El “Marqués de Comillas” y sus gemelos, “Magallanes” y “Juan Sebastián  Elcano”.
Viajé en el Marqués de Comillas, un trasatlántico con capacidad para 500 pasajeros. Para los de primera clase de aquellos tiempos -de verdadero lujo- para la clase turista, -que era mi caso- no tanto, pero recibíamos excelente trato.
El embarque tuvo lugar en Bilbao, y como, por supuesto, mi reciente esposa y yo, formábamos entonces una pareja que queriéndonos sincera y alegremente,  nos producía entera satisfacción estar juntos: Yo era su héroe y ella una joven llena de cariño, de simpatía, de alegre humor y optimismo; hasta allí me acompañó, por cierto con los primeros síntomas y antojos de su primer embarazo.
El primer capricho manifestado fue tan extraño y llamativo como beber con plena satisfacción y a grandes tragos, salobre agua del Cantábrico.
Para que la cosa resultase más interesante y novedosa, embarcó y viajamos juntos a Santander y Gijón. Fueron unos días de mar placenteros. Por el día reinaba buen ambiente, mucha animación: ver caras nuevas, entablar nuevas amistades, corretear por la nave en plan de reconocimiento que como novatos en el mar, todo nos resultaba novedoso; disfrutar del paisaje y visitar las ciudades en las que poníamos pie en tierra.
Por la noche veíamos películas y bailábamos. El barco organizaba esas diversiones; y en la oscuridad de la noche contemplábamos el cielo profusamente estrellado.
A mí como buen cornito, me fascina contemplar el firmamento con su insondable misterio.
En la escala  del importante puerto del Museo, después de  visitar Gijón, Peque regresó a Valladolid con la promesa de que en el próximo puerto: Cádiz, me pondría en contacto con ella telefónicamente.
Fiel a mi compromiso, lo primero que hice al pisar tierra gaditana fue apresurarme a acudir a Telefónica a solicitar la conferencia.
Por supuesto que los fabulosos móviles actuales y aquel servicio de Telefónica se parecen como la nariz a las orejas. Basta decir que mi solicitud la realicé en las primeras horas de la mañana y me la concedieron a última hora de la tarde -diez horas de demora- y esto no es todo, se ha de agregar el agravante de no poderme ausentar de allí ni un instante, y el servicio eran tan deficiente que nada, del verbo nada de toda la vida, es lo que nos entendimos, ya que la conversación no pasó de: Hola ¿quién habla? …¿Qué?... ¿Cómo?... ¿Que qué?...  
Bien, aunque con tan tampoco éxito, había cumplido el compromiso con mi media naranja. Ahora he de señalar que en Santander había embarcado un joven con quien simpatizamos de inmediato y que resultó un compañero de viaje constante y fiel como la estrella Polar, pues aguantó pegado a mí como la sombra al cuerpo durante todo la larga espera, y yo, dentro de la preocupación de verle allí plantado todo el santo día, agradecido, porque como dice el refrán, “hasta las hormigas quieren compañía”.
Si había aguantado a mi lado estoicamente, me sentí obligado a tener con él una consideración especial, y no tuve  idea más brillante que lanzarnos a corretear por la ciudad visitando bares y cantinas con más frecuencia de la que aconseja el más elemental sentido común.

Vamos a ver, el hombre es el único animal que ríe, pero también el que bebe sin sed y eso es precisamente lo que hicimos, matar la sed que no teníamos empinando el codo generosamente.
O séase, hablando con total exactitud, más alegres de la cuenta, achispados, con exceso de copichuelas entre pecho y espalda regresamos al barco a punto de partir.
La travesía de Cádiz a Las Palmas de Gran Canaria fue un purgatorio. Quien no haya pasado por la pésima experiencia de sufrir simultáneamente dos diferentes mareos: el de exceso de alcohol y el del atormentador balanceo del barco, no le resultará fácil saber lo que es pasarlo peor imposible; porque poco habituado a la bebida, tal exceso me hizo el efecto de un veneno, que hecho un guiñapo me postró en la cama con la angustiosa sensación de desorientación total, porque todo a mi alrededor daba vueltas y más vueltas descontroladas, y en el estomago, que se había vuelto loco, imposible retener nada, por lo que pasé la mayor parte del tiempo asomada la cabeza por el ojo de buey del camarote arrojando al mar nauseabundas vomitonas y con un solo deseo: que parasen el mundo, me quería apear.

Felizmente no hay mal que cien años dure y desembarcar, poner los pies en tierra firme fue la más eficaz medicina que restableció mi moral devolviéndome la alegría y la ilusión de vivir.
Mi memoria inmediata, la de corto alcance, mermada, como corresponde a quienes hemos alcanzado esa edad que se llama senectud, por lo que bien puedo olvidar lo que hice ayer, pero la de largo alcance, la que se refiere a la niñez, adolescencia y juventud, si descorro la cortina mental se me acumulan los recuerdos que hacen cola por salir a escena.
Recuerdo, pues, que reanudado el viaje, pasaba los días gozosamente disfrutando de un alegre sol, respirando el aire puro de una atmósfera limpia, clara y brillante, con la vista que no alcanzaba a verlo todo porque el mar y el cielo parecían más grandes.
Como por naturaleza soy tendente a madrugar, en alguna ocasión que desperté temprano, al alba, me tiraba diligente de la cama y subía a cubierta a contemplar el nacimiento del nuevo día.
Soy aficionado a contemplar el emotivo espectáculo, y en Melilla, en la casa frente al mar de Rocío, he sido frecuente espectador encantado de ver el glorioso nacimiento de un nuevo día. Aunque el más emocionante tuvo lugar siendo yo un mozalbete que acompañaba a mi madre de visitar a mi hermano en el convento de Daimiel, camino de Villafranca del Penedés, a pasar unos días con mi hermana estudiante en la escolanía de monjas de Santa Ana.
Tuvo lugar en Castellón, iba dormido pero a mi madre le pareció un espectáculo digno de ver y me despertó. Efectivamente fue fabuloso, era la hora mágica del amanecer y el cielo comenzó a iluminarse con una tenue luz azul y se inició la aparición de la carota alegre del sol enviando haces de rayos de oro sobre el Mediterráneo dorando sus aguas, resultando toda una fiesta para los ojos y para la mente, porque en ella se grabaron aquellos momentos de por vida.

Vuelvo a la historia. Con el corazón contento, aunque casado, me uní a un nutrido grupo de chicas y chicos solteros joviales  y entusiastas con quienes la alegría y la emoción estaban asegurados.
Así, pues, con buena compañía y tiempo bonancible, la vida en el barco resultaba grata y divertida: no mal yantar, cine, baile, juegos.
El espectáculo que no dejaba de resultar emocionante eran los delfines que como queriéndonos dar la bienvenida jugueteaban en torno al barco, así como los peces voladores que desplegando las aletas que les servían de alas saltaban fuera del agua y volaban largo tramo.
Los días discurrían gratamente, pero vamos a ver, que todo hay que decirlo, éramos emigrantes camino a lo desconocido, con conciencia de que nos esperaba un mundo y un modo de vivir nuevo; la necesidad de adaptarnos a la manera  de ser del país de acogida, sin embargo no podíamos ocultar que estábamos  contentos de haber emprendido la ansiada huida hacia la solución de nuestros problemas económicos y de libertad, pero no faltaban sentimientos encontrados, porque dejábamos atrás familia, amigos, patria… y como los emigrantes nos sentimos muy españoles, recuerdo que estaba de moda la canción de Juanito Valderrama, “El Emigrante” y escucharla y cantarla nos emocionaba hasta las lágrimas: “Adiós mi España querida/dentro de mi alma/te llevo metida..”

Tras muchos días de navegar por el Atlántico y después de celebrar la fiesta que ofrecía el capitán por motivo de cruzar el Trópico de Cáncer, hicimos escala en el primer puerto de América: Santo Domingo, capital de la Republica Dominicana, entonces gobernada por Leónidas Trujillo, otro dictador que rendía excesivo culto a la personalidad, generalísimo admirador de Franco, caudillo de España.

Hoy Punta Cana es considerada uno de los paraísos del planeta; gran zona turística del Caribe, con mar de aguas azul turquesa y playas de ensueño, como dan buena fe Rebeca y Jorge que se han bañado en ellas.
Puerto Rico, la siguiente escala, fue con mucho la que resultó la más emocionante. Al entrar en la bahía, desde un promontorio en el que se ubica un convento de monjas de nuestra patria, nos saludaron haciendo ondear una gran bandera española. El pasaje advertido de la tradición acudimos en masa a la cubierta a corresponder al saludo. Muchos ojos se anegaron de lágrimas.
Al desembarcar, los puertorriqueños nos dieron evidentes muestras del aprecio y la admiración que sienten por España, la Madre Patria, no se cansaban de decir, y por lo español, pues hospitalarios y generosos nos llevaron y trajeron por todos los lugares de interés: el Viejo San Juan, donde se encuentran los edificios históricos más interesantes; casas coloniales con sus patios, sus calles estrechas con pavimento de adoquines… A nosotros, habituados a la escasez y el racionamiento, aquella antigua colonia nuestra -hoy país libre asociado a los Estados Unidos- nos pareció el paraíso de la abundancia por el hecho de poder entrar a los establecimientos a adquirir a placer y en abundancia de todo: pan blanco, azúcar, aceite, tabaco…
Admirados asistimos a un mitin en el que los sindicatos exigían arrojar al mar enormes cantidades de ciertos alimentos, trigo, naranjas… para mantener altos los precios, actitud que nos resultó inaudita considerando las necesidades que existen en el mundo.
En la noche, en compañía de personas que les placía y complacía agasajarnos, asistimos a un espectáculo inédito para nosotros, ¡chicas con los pechos al aire!
La despedida: otra conmovedora agitación de nuestra enseña nacional.
El Marqués de Comillas era un trasatlántico mixto, de pasaje y carga, de ahí la larga travesía de cinco semanas, pues atracaba en tantos puerto como encontraba a su paso; como ocurrió en el Caribe que tocó varias de las encantadoras islas antillanas: Martinica, Granada, no se trata de nuestra Granada, es un minúsculo país independiente; la republica de Trinidad y Tobago, la escala tuvo lugar en Puerto España en Trinidad, la mayor de las islas; Curasao, Holandesa, compramos la famosa bebida con su propio nombre que se elabora con la piel de las naranjas.
La imagen general que guardo de todos aquellos lugares es que sus habitantes, por el color y el temperamento afrocaribeños son gente con corazón alegre y musical que llenan las calles de color y de jovial cordialidad.
La escala en La Guaira, donde desembarcó mi amigo, con el mayor número del pasaje -la mayoría canarios- es el puerto más importante de Venezuela, es decir, el único, a tiro de piedra de Caracas, no más de 50 Km.
Entre varios del grupo de amigos, como la escala era de dos días, alquilamos un taxi para hacer un viaje relámpago a la capital por una carretera, que no sé hoy, pero entonces resultaba de lo más especial por lo estrecha y accidentada, dando lugar a que por el día únicamente circulaban coches, y por la noche exclusivamente camiones, pero mediando la siguiente circunstancia, como por lo angosta no era posible cruzarse, un día la circulación era en el sentido La Guaira-Caracas y la siguiente en sentido contrario, esto es, tenían que esperar 24 horas poder circular. En Caracas, como la visita fue de horas, solamente hubo lugar para recorrer el centro donde están los edificios más emblemáticos. Llaman a esta ciudad “La Sucursal del Cielo”, que a de  ser por lo agradable de su temperatura, no hallo otra razón, pues se ve claramente dividida entre ricos y pobres, a más de la fama que nos hicieron ver de súper inseguridad por el alto nivel de criminalidad.
Surcando las cálidas aguas del Golfo de México tuvo lugar un tormentoso fenómeno meteorológico: nos alcanzó la cola de un ciclón. La cosa comenzó envolviendo a la nave unos nubarrones negros y espesos, seguidamente  sopló un ventarrón huracanado tan furioso y tan violentas eran las ráfagas, que bien parecía querer destrozar cuanto hallase a su paso, y poniendo al barco a zangolotear alarmantemente. O sea, que la cosa no estaba para euforias, pero en situación semejante, con tales cabriolas resultaba de todo punto imposible dormir y por falta de equilibrio moverse por el barco; en razón de ello, el grupo de jóvenes decidimos tomar la situación lo más optimista posible y resguardados en un rincón, dando vuelo al buen humor y entre bromas, cascada de risas y vociferando emocionados viejas canciones del terruño: Asturias patria querida, adiós con el corazón, adiós mi España querida… pasamos la tarde y noche capeando el temporal -que afortunadamente duró poco- pues el día siguiente lució el sol en un cielo alto, terso y azul y en el mar después de la agitación reinaba la tranquilidad y así llegamos a La Habana que para mí fue muy especial, muy entrañable, me esperaban, por un lado Lydia y Julio, grandes amigos de mi hermano, que me recibieron no sólo alegre y simpáticamente, sino de manera espléndida; en su compañía visité los lugares más interesantes.
Nos unió de por vida estrechos lazos de amistad. Por si eso fuese poco, también estaban allí la familia: mi tía Emiliana y todos los demás.
En Rincón, el poblachín en que residían, tuvo lugar el peripatético episodio del pasaporte y el retrete. Se trataba de una letrina bastante peculiar, simple y llanamente eran unas tablas con una abertura en el centro más o menos redonda y en el fondo, muy en el fondo, un pozo negro donde se acumulaban las deyecciones.
Tuve perentoria necesidad de acudir al incómodo lugarejo en el que había que adoptar la postura de “aguilita” o cuclillas, es decir, acurrucado de suerte que las asentaderas descansan sobre los talones. Por lamentable descuido llevaba el pasaporte en el bolsillo trasero del pantalón sin abrochar, dando lugar a la tragedia de quedar el documento entre la caca. ¡Menuda peripecia rescatarlo! era mi documentación y resultaba de todo punto imposible abandonarlo allí, pero estaba muy al fondo, donde no alcanzaba y tuve que ingeniármelas haciendo mil piruetas para recuperarlo y adecentarlo.
Conté la singular circunstancia y ha servido de motivo de risa hasta el día de hoy.

El Marqués de Comillas levantó anclas a la salida del sol para alcanzar el final del viaje: Veracruz.
Con el corazón contento a la vez que agitado, nos hallábamos frente al puerto, inmóviles en espera del práctico, o sea, unas horas más y estábamos en México. En Veracruz me esperaba mi hermano y después de los trámites aduaneros, para desintoxicarme de tanto barco decididimos dar un largo paseo a pie; llegando a un recodo del mar donde una pescadores recogían las redes, nos prestamos a ayudarles, agradecidos nos obsequiaron una bolsa con todo lo que había en las redes, peces, cangrejos, langostinos… señalándonos una casita próxima propiedad de uno de los pescadores, donde su esposa nos preparó la más abundante y sabrosa comida que pueda darse, aún creo tener el sabor en el paladar.
Ya en mi destino, México, D.F., al día siguiente tenía trabajo en una importante empresa de transportes.
     
El Comillas tuvo un pobre final, murió abrasado en La Coruña en 1961.

   Besos, abrazos y el más feliz de los días,        

                                Félix

martes, 15 de febrero de 2011

AUTÉNTICO LECHAZO CHURRO


14-02-2011

Querida Rebeca y demás seres queridos:

De pleno acuerdo en que el buen comer no tiene precio, y en ello estamos planeando repetir la visita a Traspinedo a dar gusto al paladar con los afamados pinchos de tamaño enorme que en grande y a lo grande allí se sirven, sencillamente deliciosos, todo un lujo con el que chuparse los dedos, pues han dado en el clavo ofreciendo el lechazo de manera diferente, cocinado a la brasa. Verdaderamente, todo un éxito.

Más siendo este clásico asado al pincho un guiso con matrícula de honor, si hay un producto estrella, un verdadero protagonista en la cocina castellano-leonesa, este es, sin duda, el lechazo asado en horno de leña atizado con sarmientos de las viñas.
En la meseta castellana por doquier se encuentran verdaderos maestros en el noble arte de preparar el lechazo con receta cinco estrellas, es decir, con la receta tradicional, la mejor, simplemente agua, sin añadir casi otra cosa: cazuela de barro, buen lechazo embadurnado de manteca, en el fondo, para evitar el contacto directo de la carne con el agua, unos palitos de sarmiento o de laurel, ajos enteros, sin pelar, sal y algunas especias y se logra un asado de lechazo de suprema categoría.

En nuestra región se entiende  por buen lechazo la cría de la oveja de raza churra o castellana sacrificada con apenas un mes de vida, alimentada exclusivamente con leche materna, y peso aproximado de media docena de kilos. Así, pues, la tierna criatura, después de dos horas de horno a fuego moderado, su carne jugosa, dorada, con deliciosa consistencia crujiente se deshace sabrosamente  en la boca. Con sobrada razón goza de gran prestigio.

Sin discusión posible, mimar el paladar con un asado de auténtico lechazo churro regado un  buen vino de la ribera es disfrutar de una de los verdaderos placeres que ofrece la vida.

Abrazos, besos, salud, suerte y alegría.

                              Félix

lunes, 14 de febrero de 2011

NOVIAZGO PATERNO


Valladolid, 10 de julio de 2007
Por mil y un motivos y por conocer a los dos principales protagonistas, esta historia me parece un hermoso canto al amor. Igual da el día en que se publique. Aun así Feliz día de los enamorados a todos los que tienen la suerte de que unos ojos se miren en los suyos y alguien le diga: "Te quiero"... o "recuerdo el día en que te vi por primera vez".

 Queridos hijos y nietos:
Bien sabéis que Saldaña no es mi pueblo, pero como si lo fuera, porque allí viví muy alegremente la juventud, el tesoro de la juventud que hoy me queda tan groseramente lejana, y en razón de ello me siento, en gran medida, hijo del pueblo y como a otro saldañés más de los que residíamos fuera -yo por entonces trabajaba en Madrid- acudir a las fiestas patronales constituía una ilusión que no desaprovechábamos.

Muy encima ya el día de la Patrona: la Virgen del Valle, el autocar que cubría la ruta Palencia-Saldaña iba sobrecargado, más pasaje de pie en el pasillo que sentado.
Me encontraba entre los apretujados y a pie firme coincidiendo a mi lado una muy conocida saldañesa acompañada de una amiga -chulada de chica- que me presentó como una vallisoletana que acudía  a pasar las fiestas con sus abuelos, coincidencia, vecinos, puerta por medio, de mi madre.
Tal presentación, por una sarta de circunstancias y casualidades especiales, tuvo trascendentes consecuencias. Quiero decir que a veces el azar  nos coloca  en el lugar preciso y en el momento oportuno para que se cumpla lo que en el libro de la vida está escrito, o sea,  que aquella  vivaracha jovencita sea hoy, ni más ni menos, que vuestra progenitora.
Contaré la graciosa travesura de que fue protagonista, y yo espectador en primera fila.
El asiento más próximo a la joven pucelana lo ocupaba bien repantingado un mozo con toda la trazas de ser un Juanito Tenorín de vía estrecha, que parlanchín trataba de ligar con ella, que muy incómodamente aguantaba a pie juntillas.
La chica, en animada charla con su amiga, no prestaba la menor atención a los requiebros del conquistador, que seguía insistiendo pese a los fallidos intentos, pero de pronto, digamos que dolido, sacudió la cresta y cacareó: “espero que nos veamos en Saldaña y bailemos”.
La mocita, con una mirada saturada de menosprecio, soltó un rotundo:
- No -dijo-. Existe un obstáculo, no me gustaba bailar con chicos poca cosa.
- ¿Qué quieres decir con poca cosa? -preguntó el mocete.
- Quiero decir bajitos -aclaró ella.
- ¿Bajito? -se defendió él-. No es porque yo lo diga, pero soy alto, y no tan poca cosa.
- No lo parece, si te pones de pie lo comprobaré.
De un salto se levantó el ingenuo mozalbete, circunstancia que ella, ágil y escurridiza, aprovechó para graciosamente ocupar el asiento del mozo, a quien, por cierto, mirándole de arriba abajo, le dijo que efectivamente era alto, pero pese a ello no bailaría con él por lo poco galante que se había mostrado.
          Fue divertido ver al pobre aspirante a tenorio perplejo y corrido como una mona, y a los pocos que nos percatamos de la faena -porque todo ocurrió muy discretamente- admirados de la singular  estratagema de que se valió la de Valladolid para  burlarle el asiento y dar su merecido al casanova. Y a mí, motivo suficiente para pensar que allí había mujer bonita, simpática, con chispa y facilidad para hablar y obrar.
Ya en el pueblo y en pleno bullicio del festejo, las cosas fueron a más:
La mocita saldañesa compañera de viaje, noviaba con el fotógrafo del pueblo, así que excusado es decir quién era le jefa del estudio fotográfico y cómo ella y sus amigas se hacían las fotos que se les antojaban.
A mí también me unían lazos estrechos de amistad con el retratista y no me faltaban fotos gratis, por supuesto. Así las cosas, ¡pues eso!, mirad como se enredó la madeja.
Obdulia vio en el estudio una foto mía y sin más se la guardó en el escondite de la pechera. Yo vi otra de ella y sin más miramientos, ¡a la cartera!
Por la noche bailando, la tal fotografía, pienso que en connivencia con el hado, se mudó de lugar deslizándose hasta la espalda, donde la localicé.
 - ¿Parece una foto?
- Lo es.
-¿De tu novio?
-No tengo novio.
- ¿Se puede ver?
- Es un secreto.
- ¡Qué misteriosa!...
Total, después de mucho suplicar porfiadamente la mostró.
Sorpresa, ¡era la mía! De nuevo sorpresa cuando le mostré la  suya.  Sin duda aquel interés mutuo fue la chispa  que hizo que nos enamorásemos perdidamente el uno de la otra y la otra del uno.
El resto: como la chica se hacía querer por guapa, simpática y salerosa frescales, pero con un corazón de oro y muy dispuesta a no escatimar sacrificio alguno para complacer a los demás, ocurrió lo típico, noviazgo, boda y poco a poco vosotros, a quienes beso, abrazo y deseo salud, amor y felicidad. 
                                      Félix
                                        Progenitor… y abuelo

domingo, 13 de febrero de 2011

SERVICIO MILITAR Y… MUCHO MÁS

SERVICIO MILITAR Y… MUCHO MÁS

Valladolid 19-3-2010

Queridos hijos y nietos:

Como bien sabéis me quedan un par de peluqueadas para cargar sobre la espalda noventa tacos de calendario y con tantos tacos de almanaque, tantísimos, que me faltan tres cortes de palo para ser nonagenario, esto es, que si como se dice, la vida empieza a los noventa, estoy alcanzando la infancia de la cuarta edad, lo que no evita que escarbando en el traspatio de mi memoria y resucitando recuerdos resulta que, por asombroso, y hasta insólito que pueda parecer, en un remoto pretérito algún día de un lejano pasado, además de mozalbete intrépido y pendenciero,  también fui joven, quiero decir, en mis buenos viejos tiempos, fui joven y cumplí el servicio militar.

Considerando que en aquellos difíciles tiempos, cuando para los demás el tal servicio a la patria consistía en la más absurda pérdida de preciosa juventud,  ese divino tesoro; encerrados en cuarteles por doquier atestados hasta el techo de soldados ociosos, aburridos, hambrientos, siendo pasto de piojos y ladillas… ¿Merecía la pena el desperdicio de vida tan sin pena ni gloria?
Mili KK, se decía con sobrada razón puesto que se trataba  de sufrir tres interminables años estériles de cuartel, tres eternos años de mortal aburrimiento.

Fui destinado a Bilbao y no puedo quejarme, ni me quejo, pues sería de vicio, porque mi incorporación al ejército, fue un tiempo corto, cómodo y divertido.
Mi buena suerte llegaba de la mano y bajo las órdenes de un  brigada de la compañía que era  saldañés, y como Saldaña no es mi pueblo -pero como si lo fuera- fui un privilegiado porque me tenía enchufado como cabo furriel: encargado de repartir la comida; en verdad, puedo decir que poco menos que nadando en la abundancia, encargado de repartir el escaso rancho, para mí no tan escaso, porque, ya se sabe, “quien reparte y bien reparte…”
Si sigo descorriendo la cortina de la memoria hasta aquellos inolvidables tiempos me avergüenzo de que valiéndome de mi situación ventajosa, abusaba sirviéndome el primero, lo más y lo mejor. Descaradamente, por qué negarlo, la comida  me sobraba.

Mayor cargo aún de conciencia resultaba, si se toma en cuenta que la hora de la comida, escasa y de mala calidad,  resultaba un triste espectáculo: En el patio pobres soldados a los que por rabiar de hambre, se les juntaba  con las ganas de comer.

No era eso todo: como en el cuartel no existía comedor, ni mesas ni nada de eso, los pobres soldaditos formaban larga cola en el patio frente al perolón, con viejos y abollados plato y cuchara de aluminio que cada quien llevaba siempre consigo a la cintura colgados de una argolla, y para mayor desconsuelo, les servían, y de pie, o sentados en el vil suelo, comían el mísero caldo con cuatro garbanzos bailando, eso era todo, ni para un diente. Francamente mal, es decir, peor imposible.

Concurrían para mi, otras circunstancias favorables, gozaba de otra ventajosa concesión: en la compañía había soldados cuyos padres residían en la ciudad y por alguna especial prerrogativa pernoctaban en sus casas y, con autorización del brigada, su racionado trocito de pan me pertenecía.
No es que fuesen muchos, media docena y  los fines de semana alguno más, un tesoro para mí.
Pues vamos a ver, practicando un sencillo cálculo matemático: un día con otro, siete u ocho chuscos, que me quitaba de las manos el dueño de un restaurante al precio de tres pesetas unidad, se vendían como rosquillas. Resultaba una mina de oro, un río de dinero sobre todo tomando en cuenta que los soldaditos percibíamos de paga la inaudita miseria de media peseta diaria.
Pues eso, que con motivos sobrados para tener una visión optimista de la vida, puesto que el dinero se me salía de los bolsillos, me sobraba para dar alegría al cuerpo, y dado que don dinero como bien sabido es, tiene un encanto irresistible, no me faltaban amigos, ni tampoco novias.

A propósito del servicio a la patria, en México se reducía a acudir, los mozos en edad adecuada, a una comisaría de policía un par de horas las mañanas de los domingos de un año para hacer un poco de ejercicio. Recordaréis que en nuestra calle se veía a los jóvenes, sin uniforme alguno, evolucionar de acá para allá, “un, dos, un dos, tres, cuarto…” En mexiquito lindo existe la “sagrada institución de la mordida”, que hace milagros. Por poner un ejemplo cercano, Jose no cumplió ese trámite; un capitán del ejército, amigo mío, por una módica cantidad resolvió la cuestión estando Jose en España.

Por propia voluntad no me hubiera licenciado abandonando la mina de oro, pero aún no cumplía el año en el cuartel cuando ocurrió el triste fallecimiento de mi padre y me enviaron a casa por hijo de viuda.

Y ahora ¿qué? Yo en Saldaña me encontraba bien, incluso muy bien, liberado del ejército, y con 22 años, aunque quedarme en el pueblo que ofrecía escasas posibilidades de futuro no me ilusionaba precisamente.

Venía de Bilbao, conocía las atractivas tentaciones que ofrecía la ciudad y habituado al movimiento y bullicio de donde creía que la emoción y la alegría estaban garantizados, quedarme en el pueblo no me seducía, así que la idea de pirarme de nuevo a una gran ciudad resultaba casi irresistible.
Casualmente, por aquellas fechas, mi hermano Paulino, en espera de embarcar para México, residía en Barcelona.

Viene al caso proclamar alto y claro que tengo hermanos bandera, mejor imposible, de no merecerlos, una monjita profundamente buena y un sacerdote cuya máxima ilusión era trabajar denodadamente para hacer feliz a la gente.
Pues bien,  pese a ser yo la oveja negra de la familia siempre me han manifestado cariño sin límite.
A él, con mayores posibilidades de hacerlo, le debo muchos y grandes favores, dado que cuantas veces  he solicitado su ayuda se ha apresurado decididamente a prestármela. Como no podía ser de otro modo, siendo como es, también presume de tener un buen hermano a quien debe mucho, pero, la pura verdad, le debo más que me debe, comenzando por la ocasión de que hablo.

Debido a que en aquellos años de penuria en España nada se conseguía sin recomendación, recurrí a Paulino y con su decidida ayuda e influencia -más bien por la de sus amistades- conseguí trabajo en una fábrica de artículos de viaje en la Ciudad Condal.
A mi llegada  me encontré una ciudad, luminosa, bulliciosa, divertida; sentí como un estallido de emoción. Todo lo veía con ojos admirados, y no me faltaban motivos para un entusiasmo razonable; era joven, de inmediato había conseguido trabajo y gozaba de la mejor disposición para la alegría, pues la vida se presentaba como un valor para disfrutar.

Sin embargo la cruel realidad era muy otra: corría el año 43, año de la posguerra incivil, fábrica de muerte, con sus graves secuelas de hambre y miseria. No resulta fácil ni siquiera imaginar a quien no haya pasado por ello, lo que era vivir en aquella paupérrima España en la que no había de nada. Nada x nada=nada.

Por poner un simple ejemplo: no había telas, ni hilos, ni siquiera agujas. Pero la escasez más penosa y aguda era la de los alimentos. La comida resultaba de pésima calidad y era mercadeada con cuentagotas; lo poco que había se distribuía por el sistema de tarjetas de racionamiento en cantidades manifiestamente insuficientes, de hecho, la leche, los huevos, el azúcar, la carne… únicamente alcanzaba para los más pequeños. La ración de pan consistía en un panecillo diario de cien gramos,  con la seria dificultad añadida que resultar poco menos que imposible conseguir más ya que se vendía a estraperlo a precios exorbitantes.


Sin quererme echar una flor puedo decir que en el trabajo no caí mal, supongo que por los buenos padrinos. El propietario de la fábrica, como a bien recomendado por toda la comunidad de PP. Pasionistas, me dispensaba trato de favor y mostrándose amable y complaciente me permitió elegir la sección de trabajo más de mi agrado; me incliné por el departamento de envío de pedidos por poseer una mínima experiencia.

Como saber no ocupa lugar, aquellos elementales conocimientos adquiridos resultaron  suficientes para salir airoso en mi nuevo puesto de  trabajo. Enseguida advertí que la sección de embalaje no estaba bien organizada porque los envíos se efectuaban en costosos cajones de madera que adquirían con medidas estandarizadas y resultaban caros, pesados y poco adecuados, pues la mayoría de las veces no se ajustaban a las medidas de pedidos que se enviaban de baúles, maletas, maletines, mochilas… teniendo que rellenar los espacios vacíos con grandes cantidades de virutas.

Sugerí una solución y lo que propuse fue aceptado. Aunque para aclarar esto he de contar una triste circunstancia por la que desafortunadamente había pasado. Me explico:

En Saldaña, por complicación cardiaca murió súbitamente un joven, entrañable e íntimo amigo de mi edad. Recuerdo los hechos como si hubieran tenido lugar ayer por la tarde.
Un sábado del mes de agosto, en compañía de unas muchachas habíamos estado juntos próximamente hasta media noche, planeando una merienda campestre para el día siguiente. Pues bien, en la madrugada del domingo el chico falleció. Lo último que dijo al oído de su madre: “di a Félix que siento no poder acompañarlo a la hora de la merienda”. La pobre madre  me hacía pasar sofocones tremendos, porque donde quiera que me viese corría hacia mí y abrazada a mi cuello lloraba desconsoladamente.

Se daba la circunstancia de que la familia del amigo muerto era propietaria de una carpintería importante y de gran actividad, en la que entre otros muchas cosas montaban jaulas y más jaulas con listones de madera para una fábrica de zapatos. Con frecuencia  acudía allí a visitar y echar una mano al amigo, precisamente en esta faena que resultaba fácil, no era precisa ninguna especialización.

Esa experiencia fue la que me permitió mostrar sobre el terreno lo fácil de la solución al problema de los envíos, montando allí mismo jaulas con listones de madera hechas a la medida, que resultaban rápidas, baratas, ligeras y de lo más adecuado.
Me hice cargo de la sección y me nombraron encargado con un sueldo no muy allá, porque así eran entonces las cosas, pero suficiente para estar razonablemente satisfecho pues era joven, tenía trabajo y buen estado de ánimo al no faltarme -ni sobrarme- una peseta en la cartera, así como tampoco mi ración diaria de alegría y emoción, puesto que era plenamente consciente de estar vivito y coleando en Barcelona una ciudad que me gustaba de bastante a mucho.

Pero aquel mi verlo todo de color rosa, con el correr de los días se fue difuminando; estábamos en los difíciles años de la posguerra –tras la trágica aventura de la guerra civil-, con pavorosa escasez de alimentos, condiciones de vida miserables y situación de hambre colectiva; fueron los peores años del racionamiento, faltaba de todo, no había pan, ni aceite, ni leche, ni azúcar, ni tabaco… por no haber no había jabón, situación ideal para que triunfasen apoteósicamente piojos y chinches.
Por supuesto, lo poco que miserablemente distribuían para todo un mes apenas  cubría las más elementales necesidades de una semana, y tal escasez trajo consigo un brutal mercado negro -el estraperlo- con el que ningún dinero alcanzaba para lograr malcomer y  malvivir.

Forzoso es aclarar que mi bonanza duró hasta que -si todo estaba racionado- racionaron también el suministro de energía eléctrica y el trabajo en la fábrica se redujo a dos o tres días a la semana, o sea, desastre total.  El rigor de las desgracias, porque, consecuentemente, mis ingresos quedaron reducidos a la mínima expresión.
Situación insostenible, momento propicio para emprender graciosa huida a casa; pero no me apetecía volver fracasado; craso error, pésima decisión fue aquella insigne tontería de alargar excesivamente mi estancia en Barcelona, que sin el menor destello de esperanza que mejorase la situación me ofrecía la peor cara, se me había vuelto inhóspita, nada graciosa ni divertida. Aquella ruda realidad no era vivir, dado que somos lo que comemos y yo no tenia nada que echar al estómago y como si la cosa me tuviese perfectamente sin cuidado me quitaba de la boca lo poco que tenía para asistir a las salas de cine y no faltar al fútbol. Consecuencia lógica: me había quedado patéticamente flaco,  parecía la radiografía de un silbido, no digo más que pesaba 50 kilos.

Diversión gratis era pasear por el puerto entre barcos, soñando despierto que algún día me cambiase la suerte y pudiera subir a uno de ellos que me llevase a otras tierras donde la vida resultase más fácil y cómoda. En tan lamentable situación, con el ánimo por los suelos, sumido en un mar de tristes reflexiones, caminaba un día por el paseo central de las Ramblas hacia los muelles; próximo ya a Colón.
A una docena de pasos, en la acera, en aquel momento, cosa rara, vacía de transeúntes, algo, como queriendo llamar mi atención, se movía de modo singular, sacándome  de mis obstinadas cavilaciones.
Al primer golpe de vista pensé que se trataba de un gorrión en apuros. Presté más atención y no; no se trataba de un pájaro con problemas, era otra cosa. Picado por la curiosidad, sin tener claro qué sería aquello, me fui aproximando para aclarar qué era lo que movido por la brisa del mar giraba sobre sí mismo llamativamente.

Don Quijote decía a Sancho que los milagros son cosas que rara vez ocurren, lo que quiere decir que a veces ocurren. ¡Y ocurrió!
Se trataba, ni más ni menos que de un maravilloso billete de 500 pesetas. En mi situación toda una fortuna. Con el dinero providencialmente llegado a mis manos, ahora sí, me faltó tiempo para alguna despedida, recoger mis cosas y subir al tren hacia Bilbao, de allí a Guardo y finalmente a Saldaña.
Entre Guardo y Saldaña no existía entonces servicio alguno de transporte de viajeros, por lo que era obligado recurrir al socorrido sistema del dedo. Encontré un conocido que gustosamente me hubiera hecho el favor, pero llevaba en la cabina a la esposa y a la suegra, total que no era posible.
Con ninguna otra posibilidad, solicité permiso para viajar arriba, a la intemperie, sobre los sacos de carbón que transportaba. No puso objeción, dijo que era elección mía, advirtiéndome que el viaje no resultaría precisamente placentero. Acepté considerando que por incómodo que resultase, un viaje tan corto -apenas 30 kilómetros- sería soportable.
En efecto, el viaje fue una auténtica pesadilla; no sé lo que duró, pero me pareció un viaje sin fin debido a que la noche había caído, el clima era de Alaska, corría un vientecillo gélido que cortaba el aliento, y el vehículo antediluviano se movía a gasógeno con lentitud excesiva, así que llegué a Saldaña convertido en témpano de hielo y aspecto de deshollinador por el polvillo del carbón pegado al cuerpo.
Cuando mi madre me echo la vista encima y me vio convertido en un costal de huesos rompió a llorar a lágrima viva. No exagero al decir que se negaba a reconocer que aquella momia tiznada y congelada fuese su hijo.
En verdad, de inmediato se dedicó con ahínco a aplicarme una rigurosa cura de hambre a base de cocido, cocido y más cocido, sin cejar hasta verme convertido en un rollo de manteca. Es decir, a ponerme a la moda de aquellos tiempos, cuyo lema era: “no hay mejor espejo que la carne sobre el hueso”. Pienso que mi tendencia a gorditín tuvo lugar allí.

De nuevo en Saldaña, ya más sosegado después de sufrir el revés barcelonés, con los amigos Lorenzo y Jose Mari, montamos un juguetito que resultó un éxito clamoroso por la acogida que tuvo: una emisora, digamos, casera, un sencillo transmisor, un simple circuito compuesto por cuatro elementos sencillos y económicos a más no poder: una bobina, varias válvulas, algunos condensadores, resistencias y, por supuesto, un micrófono y  a salir al aire, captándonos el favor de los oyentes emitiendo con calidad tan destacada que, en verdad y sin exagerar, no teníamos nada que envidiar a las más importantes emisoras.
Recuerdo que un día nos llamó el notario quejándose de no entender cómo todo el mundo nos oía y él que contaba con receptor último grito no lo lograba. Acudí yo personalmente, sintonicé nuestra emisora que en aquel momento emitía música maravillosamente.
- Estos somos nosotros.
- No es posible que emisora tan potente seáis vosotros.
- Pues lo somos- y en ese momento: “Aquí radio Saldaña”. No lo podía creer.

Toda clase de público se mostraba alborotado con nuestras emisiones, organizábamos programas alegres y desenfadados, con buena música, frecuentemente conciertos interpretados por la banda de música local, humor, canto, poesía… pues invitábamos a participar a cuantos lo deseasen si tenían algo que ofrecer. Ciertamente no nos faltaban colaboradores.

Las emisoras de radio debían trabajar bajo permiso de la autoridad, de lo contrario podía acarrear consecuencias, ser castigados con multas y sanciones: nosotros éramos clandestinos, pero se trataba únicamente de un divertido juego que contaba con en beneplácito del ayuntamiento. Por supuesto, sin ánimo de lucro y con un nivel de audiencia limitado a Saldaña y pueblos circundantes. Pero un día tuvo lugar esta simpática anécdota.

Eran las fiestas patronales a las que, invitado por el ayuntamiento,   asistió en gobernador de Palencia. Viajaban en coche con la radio funcionando el alcalde y el gobernador y, de pronto, “Aquí radio Saldaña”:

- ¿Cómo? ¿Qué eso de que radio Saldaña?
- Pues sí, ya lo está oyendo, señor gobernador, en Saldaña tenemos emisora.

Explicada la circunstancia, en broma, el gobernador dijo que nos iba a meter a todos en la cárcel, empezando por el alcalde. La consecuencia fue que contamos con otro  importante permiso más para seguir emitiendo durante mucho tiempo dos horas diarias, de ocho a diez de la noche.

También por esas fechas, con ideas y ganas, de nuevo en compañía de Jose Mari y en locales de los bajos de su casa, montamos una pequeña fábrica de maletas, que por cierto funcionó bien durante mucho tiempo, pero Jose Mari, hijo de familia adinerada fue perdiendo interés; por otro lado, tuvo lugar esta circunstancia:

El rector del colegio de escolapios “San Antón”, de la calle Hortaleza de Madrid, era Saldañés; miembro de una familia unida a la nuestra por estrechos lazos de amistad, y como por cuestión de la emisora pasábamos por listillos, me ofreció trasladarme a la capital para hacerme cargo de la centralita telefónica del colegio.
Dejé la emisora de radio y la fábrica de maletas e hice la mía cargada de ilusiones para instalarme a vivir en el colegio.  

La susodicha centralita -bastante compleja por cierto- por las muchas conexiones y numerosísimas llamadas -no pocas internacionales- por ser aquella la residencia de P. General de la congregación.
En realidad, no es que resultase endemoniadamente complicada, pero con aquellos viejos teléfonos, a veces, no dejaba de presentar sus intríngulis; no es por darme jabón, pero pronto me hice perfectamente con el manejo del sistema y todo marchaba a satisfacción.

Como telefonista no es que ganase mucho, pero me ayudaba con sustituciones a maestros cuando era necesario. Una vez más recurrí al pluriempleo, haciéndome cargo de la despensa y el comedor -trabajo adicional y compatible- al contar con un jovencito la mar de espabilado y servicial que a cambio de recibir estudios me sustituía cuando lo necesitaba, sirviéndome de gran ayuda. 
Los religiosos, aunque aún eran tiempos de escasez, se cuidaban a cuerpo de rey, alimentándose abundante y exquisitamente; en razón de ello, sobraba deliciosa y seleccionada comida que estaba autorizado a llevarme, con la que mi madre -que había llevado conmigo a Madrid, y se alojaba en una pensión- y la vuestra –mi entonces novia- que también residía en los madriles, comían a diente libre las mejores carnes, pescados y no pocas exquisiteces. Con frecuencia, por poner un ejemplo, en las festividades se servía langosta con cabello de ángel, así como otras golosinas con que dar gusto al paladar.

Queda claro que estaba perfectamente acomodado en el colegio; más diré, mi paso por allí supuso una experiencia singular y agradable que duró tres años, pero había tocado a su fin, me despedía porque mi hermano residente en México había tramitado con éxito -cosa nada fácil-  mi reclamación y tenía en mis manos el permiso de entrada en el país.
Ya no se trataba de contemplar la posibilidad de emprender graciosa huída de la España pobre y triste de la dictadura; las ilusiones durante tanto tiempo anheladas se hacían palpitante realidad.
Había sonado la hora de emprender la emocionante aventura de emigrar al querido y admirado México, pero antes, novio formal de vuestra progenitora; que entonces era una muchachita exuberante, reidora, saltarina, complaciente, viborilla siempre, pero con espíritu conciliador, no recuerdo peleas de novios, o sea, formábamos una buena pareja, enamorados encariñados y como las cosas no podía resultar mal, nos casamos en Valladolid en el mes de junio de 1952; en septiembre embarqué en el Marqués de Comillas, tres meses después vuestra madre subía a un avión de Iberia y treinta días más tarde llegaba al mundo Jose, nuestro primogénito, mexicanito él; pero ese es otro de los capítulos que pronto leeréis.

                                     
Besos y abrazos y que la suerte, la salud y la alegría os acompañen siempre
Félix

¿DONDE ESTÁ EL BURRO?

¿DONDE ESTÁ EL BURRO?
Valladolid, 5 septiembre de 2008
Queridos hijos: Me surge de entre las brumas del pasado el recuerdo de una absurda peripecia en la que me hallé envuelto en los años de la dictadura, el gran triunfo de la injusticia pura y dura, cuando las autoridades se significaban por su pequeño espíritu, pequeñez que les orillaba a practicar la intolerancia, incluso más, gozaban de  absoluta incapacidad  para reconocer  que todo ser humano es  sagrado y abusando  descaradamente del poder, entendían la democracia como el derecho a hacer lo que les salía del fondo de la tripa, y en el colmo de la desfachatez y del cinismo, atropellar olímpicamente el vivir del prójimo.
La inusitada circunstancia tuvo lugar en Saldaña cuando yo contaba con 19 ó 20 años, precisamente en el día de la festividad de la Virgen del Valle, fiesta mayor del pueblo, esperada como agua de mayo, no sólo por los saldañeses, con el mismo entusiasmo por el personal de las localidades circunvecinas que acudían en tropel a comprar y vender; predispuestos a la  diversión, comiendo, bebiendo, cantando y bailando.
Formaba yo parte de un animado grupo de amigos reunidos en la plaza, que ataviados con las mejores galas y con ganas de risa y alegría, en animada charla con unas chicas, cuando acertó a pasar a nuestro lado un señor de pueblo lamentando habérsele extraviado su pollino. Casualmente pasó también un joven guardia civil recién llegado al pueblo. Uno de los amigos, queriendo hacer una divertida broma, se acercó al guardia y le informó conocer el paradero del burro y señalándome a mí, aunque  igual podía haber señalado a otro cualquiera, dijo:
-        Éste lo tiene.
Todos reímos la ocurrencia, incluido el del tricornio, pero a mí la risa me duró poco; con la chanza me cayó la negra, me pillo el toro, porque el mentecato civil, se conoce que ya en la mente el virus de las ideas oscuras e irracionales, corrió al cuartel, imagino que con la pretensión de hacer méritos, a informar al superior tener conocimiento del robo de un burro y conocer al autor.
Increíble, pero cierto, así, sin más, llega una pareja de civiles, me esposan con las manos a la espalda y con mi corazón dando vueltas de campana y todos los glóbulos de la sangre apelotonados en cara y orejas, me llevan detenido por medio de la plaza de bote en bote, con la admiración, el asombro y el comentario del personal: qué habrá hecho, qué habrá dejado de hacer…
Ya en el cuartel  osaré  decir que miedo, lo que se dice miedo, no tenía ya que ningún delito había cometido, pero sí estaba asustado como una perdiz tiroteada a cuenta de que aquellas autoridades totalitarias disfrutaban haciendo difícil e incómoda la vida de la gente. Como efectivamente ocurrió, sometiéndome a duro y abusivo interrogatorio.
- Vamos a ver, perillán, ¿dónde está el burro?
- Perdón, señor guardia -me defendí-. Yo no sé nada de tal burro, aquí hay un error, se trata únicamente de una broma de mi amigo.
Pero en absoluto eran aquellos tiempos propicios  para bromas, y con la guardia civil, bromas las juntas, puesto que sin tomar en cuenta para nada las claras razones de mi inocencia, volvían obstinadamente una y otra vez a la carga con doblada, redoblada y lógica obtusa sobre la acusación radicalmente, ya no falsa, estúpida a todas luces:
- ¿Dónde está el burro? ¿Dónde está el burro y dónde está el burro?
- Por favor, ¿qué burro? ¿Para qué quiero yo un burro?
- Pues, bien, ¿Niegas tener el burro? Tú lo has querido, en tanto no te declares autor de la fechoría, al calabozo.
El día de la fiesta mayor, lleno de alegría para todos, resultó para mí cargado de tristeza y desesperación; dominado por un sentimiento de total indefensión, debido a que, aunque el famoso burro hacía horas que había aparecido, mal atado, se desató y le hallaron en un jardín particular dándose un banquete de hierba fresca y tierna; me encerraron el día íntegro en un calabozo oscuro sin comer ni beber.
Para cerrar con broche de oro: ya anochecido me concedieron la libertad,  pero con la seria advertencia de que ¡ojo! Porque la próxima no me libraba de una buena ración de bofetadas como en esta me había librado mi madre y sus amistades.
Porque Dios no se mete en estas cosas, pero que bien hubiera estado que Él que tiene los brazos largos hubiese propinado los más sonoros guantazos a aquellas gentes que cometían cada día la indignidad descarada de abusar de la autoridad pisoteando los más elementales derechos del prójimo.
Con tamaña tropelía se fijó en mí el justificado deseo, si se presentaba ocasión, de escapar de aquellas autoridades que ejercían el poder sobre la gente arbitrariamente.
Pasaron algunos años, pero se presentó. Cristalizó mi ilusión a través de mi hermano que había sido destinado a México. Otro día hablaré de ello.
Besos y abrazos
Félix